Y no va de sabores, sino de olores, el post. El viernes salí pronto del anestesista (que fui a las pruebas de rigor), y ya empezó mi fin de semana. Fui a Barberà a hacer unos recaditos y a charlar sobre la vida durante alguna hora larga. En un recorrido un poco fantasmal por el pueblo - o zombie, que tal era mi estado, no por las calles-, pasé por delante de una bodega de aquellas de toda la vida, muy cerca del mercado. Sus dueños ya no son los mismos que los de antaño, que ya suman muchos años y disfrutan su jubilación en mi antiguo bloque. Pero ni voy a hablar de ellos ni de su bodega. Evidentemente, pensé en ellos, claro, pero mi recuerdo viajó a un pasado que ya empieza a ser remoto, con abrigo gordo y trenzas largas. El olor de las cubas de vino a granel me transportaron a ese lugar fantástico llamado infancia.
En mi calle, la de mis padres ahora, vaya, había una bodega. No recuerdo si tenía nombre, porque siempre era "ir a la Araceli" o "ir al Pepe". Ésos eran los nombres de los dueños. La tienda estaba situada donde ahora respiran los caramelos. Tampoco recuerdo si tenía puerta (qué cosas la memoria) pues recuerdo vagamente una puerta verde, pero no sé si era de la bodeguilla de Masnou de la calle Buenos Aires. Lo que sí recuerdo bien es la distribución de la tienda, con dos pasillos interiores, la báscula, la cámara de los quesos y embutidos, la caja, el color del suelo y el olor, ese olor a vino que le era tan característico. Durante mucho tiempo, me encantaba ir allí a ayudarles. No sé si realmente, ayudaba o estorbaba más, pero me encantaba pasarme allí los ratos muertos y ellos tenían la suficiente paciencia para aguantarme y dejarme echarles una mano. Quizá yo no tuviera más de 10 años. Tengo ese buen recuerdo de despachar, de ir a buscar un paquete de arroz que Araceli me pedía que buscara en la estantería, o de reponer género cuando traían nuevo. Pero recuerdo sobre todo, hablar con ellos, estar con sus hijas - mayores que yo, que me llevaron al circo, me enseñaban inglés y me ayudaban con las mates-. Recuerdo también un día que, para no perder la costumbre, de camino al cole, me empezó a sangrar la nariz. Al volver para mi casa, Araceli me ayudó. No recuerdo si mi madre estaría trabajando y me dejé las llaves, o simplemente que ya no me dejó que fuera sola a casa (y la distancia es chiquita), pero me hizo quedarme hasta que mi madre vino a buscarme, desatendiendo sus labores profesionales por ayudarme. Con el paso de los años, Pepe enfermó y el resto es historia de la que no gusta contar. Creo que la bodega ya había sido traspasada hacía tiempo y Araceli tenía otro trabajo, se difuminan los recuerdos. Ella sigue siendo una buena amiga de la familia, y la suya ha crecido con nietos y nietas. Les veo menos, pero me alegro de cruzármela por el barrio. Nunca le he dicho qué importante era para mi la bodega y el estar con ellos, como todas esas cosas que nunca se dicen. Y pensé en eso gracias al olor de las cubas de vino a granel ¿Siguiente?

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